Fragmentos de una poética
Silencio de creación
— ¿Dónde estás?
— En las palabras
— ¿Cuál es tu verdad?
— La que me desgarra
— ¿Y tu salvación?
— El olvido de mis palabras
Edmund Jabes, El libro de las preguntas
El encuentro con el otro en la situación
clínica se da en la palabra.
La salvación, en el olvido de la palabra. Es
la posibilidad de que ésta se transforme en palabra plena.
El silencio de creación desgarra el desgarro
de silencio del no deseo.
Pero la palabra renace sin marcos. El
encuadre da libertad al silencio y a la palabra naciente.
(“Poética de la cura,” Mario Buchbinder,
pag. 21)
***
En estas líneas vuelvo a la poética. La
poética de la cura es una manera de hacer psicoanálisis, una poética del
psicoanálisis; la poética del desenmascaramiento sería, siguiendo a Winnicot y
lo que dice sobre el juego, más amplia que el psicoanálisis. Me gusta la palabra
poetizar,
la poética como un verbo, como un hacer. Si poetizamos el psicoanálisis,
ampliamos su campo de juego, de acción ¿Y si lo poetizamos desde el escenario y
las máscaras?
Poetizar el psicoanálisis desde las máscaras
facilita hacer lugar al imposible que pulsa en el centro del psicoanálisis, que
tiene que ver con el cuerpo, con lo real del cuerpo y del ser; con algo de lo
real que se abre al juego metafórico de la carencia y las ficciones. Se
trataría de metaforizar, ir metaforizando, una falta que alude a “eso”
heterogéneo al sentido.
¿Cómo se pone a trabajar una falta? Esta pregunta es central en el
psicoanálisis, lo atraviesa desde su transmisión hasta nuestro quehacer diario
en diversos ámbitos, que busca entramar pasajes desde el síntoma y el padecer
hacia las búsquedas y poéticas cotidianas (esas pequeñas acciones en el día a día que cada quién puede
reinventar/recrear en sus contextos habituales y que buscan salir de capturas
rígidas y estereotipadas) retomando acá otro concepto de Mario Buchbinder.
No creo que haya una sola manera de poner a trabajar una falta, pero la que
por aquí se esboza es: poéticamente, generando condiciones para abrir(se) al
juego de las metáforas de la ausencia. Pienso en el concepto freudiano de
pulsión como una exigencia de trabajo que, de acuerdo a sus grados de ligazón,
podríamos relacionar con la vida o la muerte. Si lo pulsional se plantea como
una exigencia de trabajo, poetizar sería poner a trabajar esa energía a tempo vital: dándole cauces de
creación. Aquí, entonces, entrarían a
jugar operativa, conceptual y metodológicamente el escenario, en tanto
espacio vacío con bordes que invita a la representación, y las máscaras,
metáforas posibles de la ausencia, de aquello que escapa al sentido, tan propio
y ajeno a la vez. ¿A qué me refiero con ausencia? No lo sé con certeza;
quizás, justamente, a la ausencia de verdades absolutas que atañen al ser, al mundo,
al cuerpo y a los otros (Mario Buchbinder
y Elina Matoso definen a la máscara como el órgano de superficie del
conjunto de las relaciones sociales).
El psicoanálisis dramático (así me gusta pensar al psicoanálisis que
ensayo día a día en diversos escenarios de trabajo) va de la mano
con una clínica poética, que hace del desgarro, ocasión para crear.
¿Cómo
se transmite una falta? Poetizándola: metaforizando un real imposible, sosteniendo
interrogantes, en un intento por abrirse a la complejidad. Sería condición
necesaria pero no suficiente sostener interrogantes y abstenerse de responder a
la demanda (a ciertas demandas, diría, y tratando de estar a la escucha y de no
confundir abstinencia con neutralidad, cuestión artesanal y jugada en el “cada vez con cada quién”). Sosteniendo,
también, ciertos grados de “inocencia” encomillada (que no es ingenua ni indiferente)
pero que le hace lugar a la complejidad y al sinsentido. Y, en esta dirección,
recuperar lo infantil como potencia de lo humano, la apertura al juego del
descubrir y del misterio. La posibilidad de abrirse al juego del
enmascaramiento y el desenmascaramiento sería un primer desafío, que pone en
marcha el movimiento metafórico (el juego de las representaciones) y pone a
trabajar algo de esto. Habilitar el vaivén entre la estructuración y la
desestructuración, dejar caer algunas máscaras para encontrar otras y otras en
un juego que puede ser infinito pero que va construyendo tempos, espesuras y nuevas historias, desanudando rigideces para
enhebrar tramas que sostengan el deseo. Máscaras más amigables para con uno.
Más humanas (¿…paradojales, variadas, claroscuras, a veces cambiantes y
contradictorias…?), máscaras que habiliten la exploración de las
multiplicidades que habitan en cada uno de nosotros sin dejar, por eso, de
reconocernos.
Una escena cotidiana
Mi hijo preguntó, mientras
desayunábamos, “¿es verdad que nosotros venimos de los monos?” “Sí, contesté.
Lo que nos diferencia es que hablamos, somos los únicos animales que hablamos”. “¿Los
primeros humanos eran los cavernícolas que eran como los monos pero que
hablaban?” “Algo así, cuando los monos empezaron a decir las primeras palabras
ya se fueron convirtiendo en personas.”
“Hablaban así”, dijo, golpeándose el pecho y
haciendo onomatopeyas, entonaciones y ritmos que esbozaban palabras. “Algo así
supongo, y, además, en ese momento también apareció la música, la pintura, el
arte…las máscaras”.
“Como cuando fuimos a la cueva de las manos”,
dijo.
Recordé el impacto de ese encuentro: las
pinturas, esos contornos de manos (es la ausencia de la mano la que queda
plasmada), esos mapas de humanidad que hicieron personas hace miles de años, en
un entorno distante; sin embargo, hay un encuentro tan potente ahí, en la
mirada que resuena con algo del rastro de esa humanidad (tan otra y tan
cercana), que plantea más preguntas que respuestas y crea puentes. Mientras preparaba el mate,
pensé en la pérdida fundante, en el acceso al lenguaje y al tiempo, a la
temporalidad de la palabra (quizás, también, a la atemporalidad). Somos
los únicos animales que hablamos y hay algo de la animalidad que no puede
nombrarse y que tiene que ver con lo que se pierde en el pasaje del instinto a
la pulsión, y entonces el deseo, la intemperie, la creación. Mucho hay escrito
sobre esto. Me pregunto por qué el
psicoanálisis, esa cura por la palabra, en muchas ocasiones acota su campo
dejando afuera esas diversas expresiones que surgen, que han surgido, al mismo
tiempo que el lenguaje y que también nos constituyen, histórica y subjetivamente.
Porqué entonces no poner a trabajar la palabra en sentido amplio, la palabra
que entrama al cuerpo, lo enmascara y lo desenmascara en un movimiento vital, y
también los diversos escenarios que se inauguran con la ausencia/pérdida de
sentidos absolutos y que se hacen patentes en una clínica que busca hacer lugar
a la heterogeneidad, una clínica poética. Una clínica que busca crear puentes
hacia la representación.
Pienso en las palabras. Retomo en este texto
una cita de “Poética de la cura” (M.B.) : “El encuentro con el otro en
la situación clínica se da en la palabra. La salvación, en el
olvido de la palabra. Es la posibilidad de que ésta se transforme en
palabra plena. El silencio de
creación desgarra el desgarro de silencio del no deseo”
*
“¿El encuentro con el otro se da sólo en la
palabra?” Le
pregunté a Mario en una charla. A lo que respondió “Bueno, pero ya entonces nos tendríamos que preguntar ¿Qué son las
palabras…?”.
Sigo reflexionando un poco más, me resuena
esa pregunta, aunque la sienta bastante en el límite. Vengo preguntándome sobre
algunas palabras (Supervisión, por
ejemplo, pero eso es otro tema…). Pero ¿Qué son las palabras?, es más
jugada esa pregunta. Creo en una poética del jugar que sustenta la posición del
analista.
Busco la etimología
de la palabra “palabra”, valga la
redundancia: del latín parábola y del griego parabolé,
con un significado original de "comparación" o "discurso".
Palabra, comparación. ¿Con
qué? Supongo que con la cosa perdida
a la que refiere, la cosa perdida que la causa.
Entonces ¿Qué son las
palabras? … ¿cosas perdidas?
El psicoanálisis, esa cura
por la palabra, juega entre lo que es y lo que no es, a tempo de
creación. Crea puentes, para representar algo de las cosas perdidas.
Otra escena cotidiana
Siesta de sábado a la tarde.
Lluvia (mucha). Sueño profundo. La puerta se abre en un estallido, es nuestro
hijo que entra a la habitación como si fuera un trueno más de la tormenta.
-Che, pá.
Les quiero preguntar algo-.
-Estábamos
re dormidos, no entrés así…-.
-Bueno,
perdón. Me voy...-.
-Ahora
dale, preguntá-.
- ¿Qué son
las eternidades? -.(¡!) ...
Balbuceamos alguna
respuesta muy poco certera; él se va a seguir jugando, yo doy vueltas y me
pongo a escribir estas líneas en el celular para volver a dormir, en una de
esas tengo algún sueño. Encima en plural ¿Qué son las eternidades?
…cosas perdidas. Perdimos las eternidades y
ganamos las palabras. En realidad, ganamos el tempo de la creación, un
pulso poético que puede deslizarse, irse deslizando, por escenarios múltiples y
compartidos. Palabra y no palabra. “Ahí” trabajamos: palabras, afectos,
cuerpos, máscaras. Intensidades que buscan escenarios para enmarcar maneras de
expresarse y de decirse en códigos diversos (conocidos y desconocidos,
singulares y compartidos). Ahí trabajamos, en la creación de esos escenarios, puentes entre el lugar y el no lugar.
Pasajes a la representación.
Una escena de la clínica
Estaba en sesión con un
paciente, jugábamos con títeres diversas escenas en donde chocaban fuerzas
opuestas: el bien, el mal, los conflictos. Rayos y explosiones por doquier.
Ruidos. Intensidades sin palabra. Había algunos objetos dando vueltas por el
suelo del consultorio, que se tornaba caótico por momentos y donde muchas veces
marcamos un escenario con cintas de papel para delimitar el espacio de juego.
Pero ese día, él no quiso. En una de esas, un collar rojo (de esos de perlas de
plástico, de cotillón) entró a la escena: lo usó para enredar a un títere, eran
poderes que enredaban. “¿Qué es eso?” pregunté “Es algo…” y levantó la vista “…”
como sagrado” entonces me miró y largó, como si nada “Aunque yo mucho no creo
en dios ¿vos crees en dios?” “¿…eh?” (admito que había escuchado la pregunta, y
tenía una ínfima esperanza de que me la dejara pasar, pero arremetió) “¿vos
crees en dios?”. Sentí, mientras me tambaleaba el andamiaje teórico buscando
alguna respuesta “adecuada”, que lo mejor era compartir algo de mi
incertidumbre. “Es una pregunta difícil” (aunque, para él, era muy simple, y
seguía esperando una respuesta) “no voy a la iglesia, pero a veces creo que
existe algo que podría llamarse dios, un sentimiento religioso de la vida” “Ah”
dijo, y siguió jugando con los títeres el conflicto de fuerzas, los buenos, los
malos, las chispas y los rayos de colores…
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Valeria Uhart
Psicóloga- Psicoanalista – Coord. de
recursos expresivos y psicodramatista.

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