Asamblea clínico /poética: " Poetizar el psicoanálisis", por Valeria Uhart

 

Fragmentos de una poética

Silencio de creación

— ¿Dónde estás?

— En las palabras

— ¿Cuál es tu verdad?

— La que me desgarra

— ¿Y tu salvación?

— El olvido de mis palabras

Edmund Jabes, El libro de las preguntas

 

El encuentro con el otro en la situación clínica se da en la palabra.

La salvación, en el olvido de la palabra. Es la posibilidad de que ésta se transforme en palabra plena.

El silencio de creación desgarra el desgarro de silencio del no deseo.

Pero la palabra renace sin marcos. El encuadre da libertad al silencio y a la palabra naciente.

(“Poética de la cura,” Mario Buchbinder, pag. 21)

 


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En estas líneas vuelvo a la poética. La poética de la cura es una manera de hacer psicoanálisis, una poética del psicoanálisis; la poética del desenmascaramiento sería, siguiendo a Winnicot y lo que dice sobre el juego, más amplia que el psicoanálisis. Me gusta la palabra poetizar, la poética como un verbo, como un hacer. Si poetizamos el psicoanálisis, ampliamos su campo de juego, de acción ¿Y si lo poetizamos desde el escenario y las máscaras?

Poetizar el psicoanálisis desde las máscaras facilita hacer lugar al imposible que pulsa en el centro del psicoanálisis, que tiene que ver con el cuerpo, con lo real del cuerpo y del ser; con algo de lo real que se abre al juego metafórico de la carencia y las ficciones. Se trataría de metaforizar, ir metaforizando, una falta que alude a “eso” heterogéneo al sentido.

¿Cómo se pone a trabajar una falta? Esta pregunta es central en el psicoanálisis, lo atraviesa desde su transmisión hasta nuestro quehacer diario en diversos ámbitos, que busca entramar pasajes desde el síntoma y el padecer hacia las búsquedas y poéticas cotidianas (esas pequeñas acciones en el día a día que cada quién puede reinventar/recrear en sus contextos habituales y que buscan salir de capturas rígidas y estereotipadas) retomando acá otro concepto de Mario Buchbinder. 

No creo que haya una sola manera de poner a trabajar una falta, pero la que por aquí se esboza es: poéticamente, generando condiciones para abrir(se) al juego de las metáforas de la ausencia. Pienso en el concepto freudiano de pulsión como una exigencia de trabajo que, de acuerdo a sus grados de ligazón, podríamos relacionar con la vida o la muerte. Si lo pulsional se plantea como una exigencia de trabajo, poetizar sería poner a trabajar esa energía a tempo vital: dándole cauces de creación.  Aquí, entonces, entrarían a jugar operativa, conceptual y metodológicamente el escenario, en tanto espacio vacío con bordes que invita a la representación, y las máscaras, metáforas posibles de la ausencia, de aquello que escapa al sentido, tan propio y ajeno a la vez.  ¿A qué me refiero con ausencia? No lo sé con certeza; quizás, justamente, a la ausencia de verdades absolutas que atañen al ser, al mundo, al cuerpo y a los otros (Mario Buchbinder y Elina Matoso definen a la máscara como el órgano de superficie del conjunto de las relaciones sociales).

El psicoanálisis dramático (así me gusta pensar al psicoanálisis que ensayo día a día en diversos escenarios de trabajo) va de la mano con una clínica poética, que hace del desgarro, ocasión para crear.

¿Cómo se transmite una falta? Poetizándola: metaforizando un real imposible, sosteniendo interrogantes, en un intento por abrirse a la complejidad. Sería condición necesaria pero no suficiente sostener interrogantes y abstenerse de responder a la demanda (a ciertas demandas, diría, y tratando de estar a la escucha y de no confundir abstinencia con neutralidad, cuestión artesanal y jugada en el “cada vez con cada quién”). Sosteniendo, también, ciertos grados de “inocencia” encomillada (que no es ingenua ni indiferente) pero que le hace lugar a la complejidad y al sinsentido. Y, en esta dirección, recuperar lo infantil como potencia de lo humano, la apertura al juego del descubrir y del misterio. La posibilidad de abrirse al juego del enmascaramiento y el desenmascaramiento sería un primer desafío, que pone en marcha el movimiento metafórico (el juego de las representaciones) y pone a trabajar algo de esto. Habilitar el vaivén entre la estructuración y la desestructuración, dejar caer algunas máscaras para encontrar otras y otras en un juego que puede ser infinito pero que va construyendo tempos, espesuras y nuevas historias, desanudando rigideces para enhebrar tramas que sostengan el deseo. Máscaras más amigables para con uno. Más humanas (¿…paradojales, variadas, claroscuras, a veces cambiantes y contradictorias…?), máscaras que habiliten la exploración de las multiplicidades que habitan en cada uno de nosotros sin dejar, por eso, de reconocernos.

Una escena cotidiana

Mi hijo preguntó, mientras desayunábamos, “¿es verdad que nosotros venimos de los monos?” “Sí, contesté. Lo que nos diferencia es que hablamos, somos los únicos animales que hablamos”. “¿Los primeros humanos eran los cavernícolas que eran como los monos pero que hablaban?” “Algo así, cuando los monos empezaron a decir las primeras palabras ya se fueron convirtiendo en personas.”

“Hablaban así”, dijo, golpeándose el pecho y haciendo onomatopeyas, entonaciones y ritmos que esbozaban palabras. “Algo así supongo, y, además, en ese momento también apareció la música, la pintura, el arte…las máscaras”.

“Como cuando fuimos a la cueva de las manos”, dijo.

Recordé el impacto de ese encuentro: las pinturas, esos contornos de manos (es la ausencia de la mano la que queda plasmada), esos mapas de humanidad que hicieron personas hace miles de años, en un entorno distante; sin embargo, hay un encuentro tan potente ahí, en la mirada que resuena con algo del rastro de esa humanidad (tan otra y tan cercana), que plantea más preguntas que respuestas y crea puentes. Mientras preparaba el mate, pensé en la pérdida fundante, en el acceso al lenguaje y al tiempo, a la temporalidad de la palabra (quizás, también, a la atemporalidad).  Somos los únicos animales que hablamos y hay algo de la animalidad que no puede nombrarse y que tiene que ver con lo que se pierde en el pasaje del instinto a la pulsión, y entonces el deseo, la intemperie, la creación. Mucho hay escrito sobre esto. Me pregunto por qué el psicoanálisis, esa cura por la palabra, en muchas ocasiones acota su campo dejando afuera esas diversas expresiones que surgen, que han surgido, al mismo tiempo que el lenguaje y que también nos constituyen, histórica y subjetivamente.  Porqué entonces no poner a trabajar la palabra en sentido amplio, la palabra que entrama al cuerpo, lo enmascara y lo desenmascara en un movimiento vital, y también los diversos escenarios que se inauguran con la ausencia/pérdida de sentidos absolutos y que se hacen patentes en una clínica que busca hacer lugar a la heterogeneidad, una clínica poética. Una clínica que busca crear puentes hacia la representación.

Pienso en las palabras. Retomo en este texto una cita de “Poética de la cura” (M.B.) : “El encuentro con el otro en la situación clínica se da en la palabra. La salvación, en el olvido de la palabra. Es la posibilidad de que ésta se transforme en palabra plena. El silencio de creación desgarra el desgarro de silencio del no deseo

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“¿El encuentro con el otro se da sólo en la palabra?” Le pregunté a Mario en una charla. A lo que respondió “Bueno, pero ya entonces nos tendríamos que preguntar ¿Qué son las palabras…?”.

Sigo reflexionando un poco más, me resuena esa pregunta, aunque la sienta bastante en el límite. Vengo preguntándome sobre algunas palabras (Supervisión, por ejemplo, pero eso es otro tema…). Pero ¿Qué son las palabras?, es más jugada esa pregunta. Creo en una poética del jugar que sustenta la posición del analista.

Busco la etimología de la palabra “palabra, valga la redundancia: del latín parábola y del griego parabolé, con un significado original de "comparación" o "discurso".

Palabra, comparación. ¿Con qué? Supongo que con la cosa perdida a la que refiere, la cosa perdida que la causa.  

Entonces ¿Qué son las palabras? … ¿cosas perdidas?

El psicoanálisis, esa cura por la palabra, juega entre lo que es y lo que no es, a tempo de creación. Crea puentes, para representar algo de las cosas perdidas.

 Otra escena cotidiana

Siesta de sábado a la tarde. Lluvia (mucha). Sueño profundo. La puerta se abre en un estallido, es nuestro hijo que entra a la habitación como si fuera un trueno más de la tormenta.

-Che, pá. Les quiero preguntar algo-.

-Estábamos re dormidos, no entrés así…-.

-Bueno, perdón. Me voy...-.

-Ahora dale, preguntá-.

- ¿Qué son las eternidades? -.(¡!) ...

Balbuceamos alguna respuesta muy poco certera; él se va a seguir jugando, yo doy vueltas y me pongo a escribir estas líneas en el celular para volver a dormir, en una de esas tengo algún sueño. Encima en plural ¿Qué son las eternidades?

…cosas perdidas. Perdimos las eternidades y ganamos las palabras. En realidad, ganamos el tempo de la creación, un pulso poético que puede deslizarse, irse deslizando, por escenarios múltiples y compartidos. Palabra y no palabra. “Ahí” trabajamos: palabras, afectos, cuerpos, máscaras. Intensidades que buscan escenarios para enmarcar maneras de expresarse y de decirse en códigos diversos (conocidos y desconocidos, singulares y compartidos). Ahí trabajamos, en la creación de esos escenarios, puentes entre el lugar y el no lugar. Pasajes a la representación. 

Una escena de la clínica

Estaba en sesión con un paciente, jugábamos con títeres diversas escenas en donde chocaban fuerzas opuestas: el bien, el mal, los conflictos. Rayos y explosiones por doquier. Ruidos. Intensidades sin palabra. Había algunos objetos dando vueltas por el suelo del consultorio, que se tornaba caótico por momentos y donde muchas veces marcamos un escenario con cintas de papel para delimitar el espacio de juego. Pero ese día, él no quiso. En una de esas, un collar rojo (de esos de perlas de plástico, de cotillón) entró a la escena: lo usó para enredar a un títere, eran poderes que enredaban. “¿Qué es eso?” pregunté “Es algo…” y levantó la vista “…” como sagrado” entonces me miró y largó, como si nada “Aunque yo mucho no creo en dios ¿vos crees en dios?” “¿…eh?” (admito que había escuchado la pregunta, y tenía una ínfima esperanza de que me la dejara pasar, pero arremetió) “¿vos crees en dios?”. Sentí, mientras me tambaleaba el andamiaje teórico buscando alguna respuesta “adecuada”, que lo mejor era compartir algo de mi incertidumbre. “Es una pregunta difícil” (aunque, para él, era muy simple, y seguía esperando una respuesta) “no voy a la iglesia, pero a veces creo que existe algo que podría llamarse dios, un sentimiento religioso de la vida” “Ah” dijo, y siguió jugando con los títeres el conflicto de fuerzas, los buenos, los malos, las chispas y los rayos de colores…

 

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Valeria Uhart

Psicóloga- Psicoanalista – Coord. de recursos expresivos y psicodramatista.

 

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