El desafío de narrar lo inaprehensible, por Valeria Uhart. psicóloga - psicoanalista - psicodramatista

 

Algunos comentarios sobre “Cola de lagartija” de Luisa Valenzuela (entre vacíos, máscaras y preguntas).

 


Hace tiempo escribí estas líneas. Hoy, una tarde cualquiera de este verano caluroso y complicado, a días de cumplirse 50 años del golpe cívico-militar, me reencuentro con ellas y reescribo algunos tramos con intención de compartir.

 

No es casualidad.

 

El libro me sacudió como hacía rato que no lo hacía una historia: sensaciones áridas y bellas, contundentes. Intensidades que pulsaron como invitación a escribir. La ficción ayuda a encontrar, cuestionar y crear sentidos, lo cual en sí mismo ya es una forma de resistencia ante significaciones cristalizadas y aplastantes. Acá estoy, entonces, asumiendo el riesgo de no estar a la altura, porque ¿qué decir de este libro, y desde dónde? Quizás sea, de mi parte, un atropello o un descaro. De todas formas, me lanzo a la deriva resonando con el texto que, desde las primeras páginas, nos enfrenta con este desafío de transitar la incertidumbre: ¿hacia dónde vamos?

 

Correrá un río de sangre”, estas palabras delimitan el punto de partida de un territorio a construir. La novela se va cimentando en un fluido constante de sentidos que se deslizan para aprehender algo de la verdad de la historia de nuestro país, un fragmento real, un real que tiene que ver con lo siniestro y el sinsentido, con las desapariciones y el poder, con el control y la locura. ¿Desde dónde circundar este territorio sinuoso, como la Laguna Negra en la cual el Brujo (insólito protagonista) expande más y más su delirante poderío? Acá entreveo (¿espío? ¿develo?) la singularidad y potencia del posicionamiento de la autora: aprehender algo del horror desde un modo de construcción que tiene que ver, desde mi entender, con la poesía, con aquello que trasciende “El uno” y el “D*os” (¿qué estará metaforizando ese asterisco? ¿cuántos sentidos se abren por acá? Dejo estos interrogantes para otras reflexiones, todo no se puede…) para concluir en el “¿Tres?” [1]con la aparición de los signos de pregunta.

La poesía dialoga con la verdad (¿la enmascara?), la interroga, y por eso mismo la hace existir, quizás en lo que no dice. En lo que queda entre líneas, en los espacios vacíos. El texto de la novela tiene muchos espacios vacíos.

 

¿Artificio para darle lugar a lo que no está…?

 

                                                        ¿Intento por hacer existir las ausencias para ponerlas luego, en un segundo momento, a producir historia?

 

Producir ficciones para entender realidades. Producir ficciones para metaforizar algo de la verdad que se nos escapa.

 

El capítulo D*os comienza con un juramento en primera persona: “Yo, Luisa Valenzuela, juro por la presente intentar hacer algo, meterme en lo posible, entrar de cabeza, consciente de lo poco que se puede hacer en todo esto, pero con ganas de manejar al menos un hilito y asumir la responsabilidad de la historia”. Estas líneas resuenan en mí como develando un posicionamiento ético en cuanto a la creación de ficciones: asumir la responsabilidad de la historia, de cuerpo entero.

Es de cuerpo entero como ella se mete en la trama que va construyendo, como un personaje más, en un cruce entre ficción y realidad, escribiendo con el cuerpo. Se introduce entonces en la voz de la escritora/personaje, de una escritora que mete el cuerpo en la realidad de la ficción que está construyendo, o que ficcionaliza su cuerpo para tornarlo entonces más real en la carnalidad de la escritura. Y hacia el final del capítulo D*os, cuando “parece” que todo comienza a írsele de las manos, desaparece voluntariamente, se enmascara, se oculta para revelarse desde otro lugar. “Estoy requeteharta de no pertenecer a la historia y más requeteharta de que se me haya escabullido de entre las manos el único personaje de esta historia que me importa”. Se propone entonces cruzar a la otra orilla de este río que es la escritura. “Sí, señor. Planto bandera, planto el lápiz, planto la palabra escrita y quizás algún día todo esto sirva de semilla…Brujo Hormiga Roja, señor del Tacurú, amo de tambores, gran sacerdote del Dedo, dueño de la Voz, acaparador de espejos, probable embarazador de su propia pelota, saboreador de sangres, aquí te dejo librado a tu suerte y espero que sea la peor de las suertes, la que te tenés ganada.

En esta sencilla ceremonia hago abandono de la pluma con la que antes te anotaba…Callando ahora creo poder acallarte. Borrándome del mapa pretendo borrarte a vos. Sin mi biografía es como que no tuvieras vida. Chau, brujo, felice morte.”

 

En su intento por nombrar el horror, la escritora hace silencio. Enmascara su voz y reaparece desde otro lugar en el capítulo “¿Tres?”, como un personaje narrado en tercera persona, ella misma vista desde otro lugar, en un descentramiento al servicio de la historia. Valenzuela usa máscaras como su personaje, pero ella las usa para favorecer la producción de sentidos desde los márgenes. Usando máscaras, desenmascara en la historia las estrategias de la telaraña del poder, las hace visibles en un acto de valentía, y deja al Brujo a cara descubierta (“…tras la foto del brujo tan sin máscara ¿existe alguna posibilidad de reconocimiento?”), a merced de su propia suerte y ya entrampado en la red del delirio que lo llevará hasta el final.

 

El Brujo, en cambio, usa máscaras para despistar al “enemigo” y ejercer el control “Me gusta esta posibilidad de dar vuelta la moneda, de ofrecer cara y ceca simultáneamente. Soy la cinta de Moebius, la botella de Klein, la esfera de Pascal, la antena de Hormiga Roja…estoy en todas partes y en ninguna.”. A su vez, el personaje del Brujo puede ser pensado como una máscara “…el verdadero peligro no proviene de este personaje algo farsesco que es el brujo…Quienes verdaderamente detentan el poder acá en la Capital son la real amenaza. Pero tendemos a ver siempre la máscara y la máscara es el Brujo”.

 

El Brujo usa máscaras y es la máscara, está encadenado a sus máscaras. Las usa como señuelos, al igual que las lagartijas que pueden desprenderse de su cola (que se sigue moviendo una vez separada del cuerpo) para despistar así a sus predadores. La cola de la lagartija se desprende para desviar la atención, y dejar a su dueña fuera de peligro. Rara especie, la de estos reptiles “cola de látigo”, que prestan su nombre a este libro que desenmascara, al menos desde mi lectura, la “estrategia de la lagartija” del poder, que transforma la cola en un señuelo y también en un instrumento de tortura, dejando al descubierto que aquí el que queda oculto es el depredador. El Brujo podría ser una máscara de la dictadura, que oculta y a la vez revela su mecanismo perverso y delirante; es la cola de la lagartija, lo que engaña y hace invisible al resto del animal que utiliza el látigo (otra “cola de lagartija”) como instrumento de tortura: el brujo usa el látigo, el brujo es el látigo del poder y pretende en su delirio autoengendrarse para dominar al mundo. Rara especie, las lagartijas “cola de látigo”, especie partenogenética, en donde los machos no son necesarios para la reproducción, ya que las hembras inseminan sus propios huevos, utilizando para nutrirlos la grasa de su cola, y originando así crías genéticamente iguales a ellas. Como el Brujo, que en su delirio mesiánico pretende autofecundar a su “tercer huevo” (“Estrella”) para dar origen a un hijo que es él y del que él será padre y madre, un hijo que sostenga el látigo que lo engendró y lo perpetúe. “Con temblores de dicha voy completando mi obra hasta lograr el dominio del mundo. Dominar el mundo es la única voluptuosidad posible, el gran orgasmo cósmico. La felicidad que se siente al destruir a otros, el goce de la tortura, todo multiplicado al infinito, naciendo ahora de mí, con toda facilidad, sin tener que emprender acción alguna, desarrollándose, creciendo sin exigirme esfuerzo, tan naturalmente de mí que ya es Yo, mi propio hijo. Todo mío. Mi suma dicha. Mi arma”. Es, también, el arma que va a darle muerte en el capítulo “¿Tres?” y que va a dejar abiertos (por lo menos en quien ahora escribe) muchos interrogantes.

 

¿Cómo narrar eso que se nos vuelve inaprehensible?                    ¿Cómo asumir la responsabilidad de la historia?                             Quizás dándole lugar a las preguntas y a los espacios vacíos, para intentar desde la incertidumbre la aventura de la creación.

 

 

 

Valeria Uhart.

psicóloga - psicoanalista - psicodramatista 

valeriauhart@yahoo.com.ar

 

 

Bibliografía:

Valenzuela, L: Cola de lagartija. Ed. Bruguera Argentina, 1983.

Buchbinder, M: Poética del desenmascaramiento, caminos de la cura. Ed. Planeta, Argentina, 1993.

Buchbinder, M: Poética de la cura. Ed. Letra Viva. Instituto de la Máscara. Argentina, 2001. 



[1]  “El uno”, “El D*s” y “¿Tres?” son los títulos de las diferentes partes de la novela.

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