Prólogo del libro "Pared de Mandolina" por Eduardo Romano

 





 El título es siempre un anticipo y “Pared de mandolina” de f ine, para mí, la construcción del macrotexto como una “pa red” de signos, que en este caso son sonidos y palabras, y por tanto una especial relación de poesía y música. A partir de ahí convendría que el lector leyera “Tarde de enero”, el pri mer texto, escuchando el segundo movimiento del Concierto para piano 21 de Mozart. Es como un señalamiento o una orientación, desde el autor, para navegar sobre lo que sigue. 

Mientras la música pasa del choque tormentoso entre el piano y el resto de la orquesta a fines del primer movimiento, a un diálogo entre ambos en el segundo, el poema anticipa playa (sinécdoque de mar), árbol y muerte, remite la sensibilidad del lector a imágenes, “Qué sereno y terrible ese recorrido”. 

El conjunto está muy claramente subdividido por fechas –año por año desde 2013 a 2021 – y el número de poemas entre 10 y 17 por grupo- sólo decrece en los cuatro últimos años. Sin embargo, persiste una dominante unidad asenta da en la terminología o los remitentes musicales (mandoli na, sinfonía, canto, tango, Scarlatti, impromptu, campanas, Mazurka, Debussi) junto a los que regulan el tiempo (ama necer, atardecer, sombras) o designan el, entorno (cielo, la gos, árboles, mar, tilo, montañas, lluvia, astro, corpúsculos) de los subtítulos. Y Nocturnos de Chopin, que exige semien cendidas lámparas de gas y no una iluminación radiante. 7 En los siguientes, comienza por preguntarse si es posible comunicarle a una alocutaria (femenina) las ligazones entre palabras, cosas y naturaleza, cuya respuesta es una doble ne gación: “no podía dejar de decirle aunque sus palabras no eran incandescentes”. Como una coda, aparece inmediatamente lo que “se dijo”, que todo el preámbulo anterior encerraba una serie de dicotomías, desde “La esperanza y la nada”. 

Eso podría hacer que el texto girara hacia un lenguaje f ilosófico, pero Buchbinder lo mantiene en un registro lírico que emparenta explícitamente con los músicos menciona dos y varios poetas (Whitman, Gianuzzi, Gamoneda), en una lejanía de “Vuelvo a ver” o “como me nombraba esa mujer”, pero amparada siempre de “parajes”, “envuelto en verde”. Parecería que la aparición de la muerte, en un es cenario más cercano, en el que “a veces aúlla, otras entona canciones de amor”, motiva esos recuerdos, que se volverán más precisos hacia el final. Insisten las oposiciones de tierra y cielo, de amanecer y atardecer, de viajar entre senderos y caminos, sintetizada en “¿Tan opuestos no serán hermanos?” 

Contra la motiva ción del movimiento, de lo inquieto, cuando se está bus cando la paz, al cabo de lo cual oigo de pronto esta au torrecomendación: “Debo calmarme/escuchar el silencio como el canto de los pájaros”. Acaba de descubrir que “La música de la mandolina flotaba al costado del limonero”, que los seres pueden refugiarse siempre en los ritmos mu sicales o naturales. Por fuera de ese recorrido subjetivo, de una subjetividad que se dice a partir de indicadores externos, creo entrever otra línea discursiva de corte más objetivista, cuyo surgi 8 miento está en “Parrita”, a tal punto que el hablante revela su lugar de enunciación: “De espaldas a los parroquianos tomo nota”.

 Una actitud que en otros casos se repliega sobre formantes de la serie anterior, como en “El jardín Botánico” o “Sauce llorón”. Al primero lo define, dando cuenta de su poder, como “verde universo de ensueño”, como lugar que le permite des personalizarse o donde puede retomar aquello que califiqué de dicotómico convertido en una fluctuación más sutil: “Jue go del cielo y la tierra, eterna danza” o “sobrevuelan otras melodías de la tierra y el cielo” (metaforizado nada menos que como “espejo” o como “lago”). Con lo cual volvemos a reencontrarnos con la música como trasfondo del universo, con “el amor del aire y la lluvia”, capaz de armonizar la tem poralidad: “Plenitud del instante, que en su fluir es todo”. 

El verso consigue, además, “acompañar la melodía”. Todo lo anterior explica, creo, el mencionado parentesco con los poetas que menciona, que comparta con el español Antonio Gamoneda la misma concepción del acto poético: “Yo puse mis ojos sobre el mundo”. Contra tanta búsqueda lírica de paz y armonía parecen rebelarse, parcialmente, algunos de los poemas más recien tes. Me atengo a ejemplos como este pasaje, a su verso final que acepta el refugio de la música pero también, si es nece sario, la intemperie: “Aunque me invada el dolor, la persecución y el temor Debo salir, enfrentar las nubes negras A esas que atemorizaban y no atemorizaban a los partisanos Debo separarme de los timoratos Y cantar con las armonías y por fuera de ellas.” 9 Elige al hermano como interlocutor para recordar la in fancia, las viejas paredes descascaradas de la casa familiar, los idiomas inmigrantes y la herencia judía. 

Después de lo cual, los versos siguientes me suenan a reproche contra las políticas colonialistas y represivas, porque “Un pueblo, una nación que ha sufrido (…) Que se ha liberado, que conoce la libertad/ cuando se transforma en dominador y represor de otros pueblos/ Pierde su dignidad”. Reaparecen, finalmente, las que señalé, desde el comien zo como dicotomías, en “Amanecer anochecer” y un mues trario antagónico del cantante frustrado en lo mejor de su carrera, de la niña que logra triunfar en un torneo, de la mujer que experimenta la extrañeza de vivir en pandemia y de lo que significa todavía salir y encontrarse con la natu raleza agreste. 

Y entonces el poeta, alegorizado como viajero, en varios sentidos, recibe esta descripción como despedida: El viajero se ve tironeado entre las intensidades de la tierra y las posibilidades del cielo

 Abandonar cualquiera de ellas lleva en sí riesgos Cuando el sol se inclina abre rumbos del atardecer Cuando ilumina son otros los caminos del amanecer Entre perderse y orientarse existe un universo Es una atinada síntesis del viaje poético que acabamos de hacer guiados por el autor que corrió sus riesgos y nos señaló algunos de los nuestros. El lenguaje de la literatura es riesgoso porque está en las antípodas de todas las certe zas, aunque nos invite a seguirlo. 

Y este libro es felizmente riegoso

                                                                                        Eduardo Romano es escritor y critico literario

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